miércoles, 11 de marzo de 2009

Nadie me prometió un jardín de rosas

Sabía que al llegar al final tendría que volver sobre sus pasos, una y otra vez, arrastrando su frágil figura, sin vacilar ni un segundo para no distraerse de sus pensamientos.
Sabía también todo lo que había sufrido esa noche, lo que sufrió siempre y meditó largamente hasta hallar el epicentro mismo del gran embrollo, solo para darse cuenta que debía amarse más a si misma, sí, aunque en el momento le pareció una locura, “algo insano” como diría Freddy. Luego de muchos vaivenes encontró su eje, el mismo que tal vez no encontraba desde hacía ya la mitad de su corta vida, pero no por eso menos turbia. Exactamente, había encontrado la palabra, “turbia” y abrumadora también, demasiado pesada y caótica para una mujercita de su edad.
Sabía lo que era sentir el dolor en carne propia, sabía lo que era todavía sentirlo, sentirlo en el alma, tan adentro anclado en su corazón y en una de esas para siempre, lo tuvo tan presente cada día de su vida que no había manera de olvidarlo. Cada vez que lo recordaba pitaba mas fuerte su cigarrillo negro, y ya nada le bastaba.
Sabía lo ojerosa que estaba, sabía hace cuanto no comía, hace cuanto no dormía, hace cuanto no se sentía correspondida en su pasión, en su amor “algo insano”, pero su gran amor al fin, veía las marcas en su piel, las veía y ya no podía ignorarlas, las veía en su piel y las sentía mucho más profundas aún, las sentía a cada paso, en cada abrir y cerrar de ojos, en cada bostezo, en cada estornudo. Las sentía al despertarse y las llevaba consigo todo el día, de cada una de ellas sangrando un loco amor que nunca podría cicatrizar.
Sabía que nadie le prometió un jardín de rosas, pero esta vez lo que quería, lo deseaba con toda la furia que podría un ser humano desear, esta vez no iba a ser igual, esta vez su voz iba a resonar, esta vez merecía su jardín y no pensaba volver sin él. Fue entonces cuando se decidió a salir de allí, debía amarse más a si misma y no volver a permitir lo de aquella noche, lo de todas las noches, tenía que darle un fin a tanto dolor y sufrimiento.
Sabía muy bien que su llave todavía seguía con las suyas en el bolsillo de ese abrigo, entonces abrió la puerta de un golpe y corrió calle abajo por la desierta cuidad, nunca en años había estado tan decidida, mientras corría y se deslizaba por la lluvia las imágenes volvían para debilitarla, para hacerla caer, y esta vez era distinto, no se iba a dejar vencer tan fácilmente.
El frío le calaba los huesos, se metía entre cada hueco de su ropa y las gotas se fundían con sus lágrimas, pero la callecita parecía brillar, todo le parecía magnífico, o tal vez lo era y nunca se había detenido a observar la profundidad de la Buenos Aires misteriosa y sensual en una noche de lluvia, o estaba observando todo con otros ojos, que aunque eran los mismos estrenaban una nueva mirada, porque esos ojos iban a encontrar sus rosas.
Sabía que podía subir por la escalera, era la única manera para saborear esos instantes de convicción y sentir la delicia del momento, se sentía la reina del mundo, por fin él iba a conocer su dolor, y por fin estaba ahí, agitada, si, pero entera y dispuesta a obtener lo que le pertenecía, tamborileó los dedos sobre el picaporte, enderezó su espalda y se rascó la nariz antes de tomar la llave con fuerza y girarla hasta casi romperla, hasta que abrió. No se sentía con ganas de dilatar las cosas ni un solo segundo, cerró la maldita puerta con un golpe que debió haber sido más fuerte que cualquiera que haya recibido de su parte, entonces prendió un cigarrillo y avivó el fuego inhalando el humo gris, y largándolo al compás de cada paso y de cada pensamiento.
Sabía tan bien donde se encontraba cada objeto, cada cuadro, cada adorno, más iba a saber donde estaba el infeliz que había arruinado su vida. Se limitó a observarlo, y todavía con un dejo de amor lo durmió con un beso, y cada centímetro de su alma inmunda, ciega y apestada que no la merecía ardió, luego fue ella, se consumió sobre su propio dolor, contorneo su cuerpo al vaivén del calor, y aunque hubiera deseado dormir como él, ya nadie podía darle su beso. Aunque el dolor era evidente, sintió un gran alivio, ya casi no pesaba, ya casi no guardaba penas en su interior, casi no había frío, no sentía el hambre, y veía como se consumía cada gramo de la poca carne que le quedaba ya.
Sabía que esta era una de las mejores decisiones de su vida, la última y la más precisa, ella quería el jardín que nadie le había prometido, ella quería sus rosas, y Freddy también lo sabía.

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