jueves, 12 de marzo de 2009

Cuando el sol despunte

Tal vez no estabas tan lejos, pero mi foto lavada de colores sigue mostrando nuestro castillo de arena, la brisa del mar en enero y nuestras risas, es lo único que llego a distinguir sin mis lentes de carey, que si mal no recuerdo, compré en alguna aventura al otro lado del océano.

Sigo agitando mi pierna y muerdo mis uñas todavía, aunque no suelo dormir con el osito de mi infancia, saberlo tuerto me apena profundamente, pierde medio mundo, y con ello sus maravillas.

Estos vidrios, bueno, olvidé como se les llama en este momento, tiñen la luz de una forma muy bonita; me recuerdan al color de tus manos tejiendo con prisa, nunca pude acompañarte en esa tarea ya que el mío siempre fue más opaco que el tuyo.

Ayer hablé con el hombre que te vendió un ventilador, que según tu opinión, daba muchas vueltas. Extraño mi viejo teléfono, tal vez lo encuentre algún día, seguiré buscándolo, por supuesto, como siempre he hecho.

Cuando veraneaba en mi juventud mi madre solía enviarme cartas diciendo que me extrañaba profundamente, que la casa se sentía vacía sin mí, y que todos estaban esperándome, pero que estas razonas no significaban que yo debiera adelantar mi regreso ni algo que se parezca, ellos aguardarían las semanas que faltaban.

En muchas ocasiones cuando sentía el viento en la cara y tenía la certeza de que nadie se estaba fijando en mí, me sentaba en la arena, en el lugar donde la espuma dormía en mis piernas todavía, miraba al horizonte y te susurraba los planes para el día siguiente, confiaba en tu buen oído supongo. Nunca nos gustaron las prisiones de cuatro paredes, en eso coincidimos fervientemente ¿No es así Margot?

Alguien me dijo que venga aquí, a esta hora, que debía estar presente en este momento, que así lo hubieras querido, pero te encuentro más fría que lo que recuerdo, deben ser estos nuevos aparatuchos que convierten todo en iglús, o tal vez mi memoria está fallando otra vez.

Caminar sin parar por horas era tu afición, no por impaciencia, sino porque según tu teoría, las mismas calles que transitas por obligación se ven distintas cuando es por devoción. En nuestra adolescencia, los coches casi no nos molestaban, de vez en cuando alguno tiraba su humo en nuestras polleras, pero esto ocurría cada tanto, entonces cuando desaparecían podíamos correr calle abajo. Por esta razón será que te encuentro tan quieta y dormida, quién sabe de tus aventuras de ayer amiga mía.

Preferías el contacto directo antes que los cables y operadoras, recuerdo que siempre ofrecías tus opiniones y tus ocurrencias aunque no estuvieras viendo mis caras, hasta por el tubo se notaba tu alegría contagiosa, pero como puedo darme cuenta todo ha cambiado un poco en este tiempo.

Margot, mi tiempo se agota, mi deber es alimentar a los pájaros en aproximadamente media hora, te libero de mi presencia para que sigas descansando en esta cama un poco extraña, que pequeñas que las hacen ahora, apenas sobran unos centímetros entre tu cuerpo y la madera.

Espero que te encuentres más suelta mañana, o por lo menos más despierta, me han mandado a visitarte y esperaba algo que me cuentes, esperaré a que el sol despunte y volveré aquí, avívate mujer, que pareces muerta ¿Y quién querría hablar con un muerto, Margot?

No hay comentarios:

Publicar un comentario