sábado, 14 de marzo de 2009

Edén

No todo está perdido.
Brillan los nuevos ojos,
Buscando la quinta pata.
Encontrás lo que palpita.
Todavía.
Y si lo obscuro te persigue,
Esta vez usá los zancos.
La estación está llegando a vos:
Te estábamos esperando.

La orquesta es audible:
Te acarician con manos de madre.
Sopla el viento en tus pestañas.
La tierra es perfumada,
Las nubes se ven doradas.
Ya nadie puede hacerte daño.
No necesitamos esperar:
Te encontramos esta vez

jueves, 12 de marzo de 2009

Cuando el sol despunte

Tal vez no estabas tan lejos, pero mi foto lavada de colores sigue mostrando nuestro castillo de arena, la brisa del mar en enero y nuestras risas, es lo único que llego a distinguir sin mis lentes de carey, que si mal no recuerdo, compré en alguna aventura al otro lado del océano.

Sigo agitando mi pierna y muerdo mis uñas todavía, aunque no suelo dormir con el osito de mi infancia, saberlo tuerto me apena profundamente, pierde medio mundo, y con ello sus maravillas.

Estos vidrios, bueno, olvidé como se les llama en este momento, tiñen la luz de una forma muy bonita; me recuerdan al color de tus manos tejiendo con prisa, nunca pude acompañarte en esa tarea ya que el mío siempre fue más opaco que el tuyo.

Ayer hablé con el hombre que te vendió un ventilador, que según tu opinión, daba muchas vueltas. Extraño mi viejo teléfono, tal vez lo encuentre algún día, seguiré buscándolo, por supuesto, como siempre he hecho.

Cuando veraneaba en mi juventud mi madre solía enviarme cartas diciendo que me extrañaba profundamente, que la casa se sentía vacía sin mí, y que todos estaban esperándome, pero que estas razonas no significaban que yo debiera adelantar mi regreso ni algo que se parezca, ellos aguardarían las semanas que faltaban.

En muchas ocasiones cuando sentía el viento en la cara y tenía la certeza de que nadie se estaba fijando en mí, me sentaba en la arena, en el lugar donde la espuma dormía en mis piernas todavía, miraba al horizonte y te susurraba los planes para el día siguiente, confiaba en tu buen oído supongo. Nunca nos gustaron las prisiones de cuatro paredes, en eso coincidimos fervientemente ¿No es así Margot?

Alguien me dijo que venga aquí, a esta hora, que debía estar presente en este momento, que así lo hubieras querido, pero te encuentro más fría que lo que recuerdo, deben ser estos nuevos aparatuchos que convierten todo en iglús, o tal vez mi memoria está fallando otra vez.

Caminar sin parar por horas era tu afición, no por impaciencia, sino porque según tu teoría, las mismas calles que transitas por obligación se ven distintas cuando es por devoción. En nuestra adolescencia, los coches casi no nos molestaban, de vez en cuando alguno tiraba su humo en nuestras polleras, pero esto ocurría cada tanto, entonces cuando desaparecían podíamos correr calle abajo. Por esta razón será que te encuentro tan quieta y dormida, quién sabe de tus aventuras de ayer amiga mía.

Preferías el contacto directo antes que los cables y operadoras, recuerdo que siempre ofrecías tus opiniones y tus ocurrencias aunque no estuvieras viendo mis caras, hasta por el tubo se notaba tu alegría contagiosa, pero como puedo darme cuenta todo ha cambiado un poco en este tiempo.

Margot, mi tiempo se agota, mi deber es alimentar a los pájaros en aproximadamente media hora, te libero de mi presencia para que sigas descansando en esta cama un poco extraña, que pequeñas que las hacen ahora, apenas sobran unos centímetros entre tu cuerpo y la madera.

Espero que te encuentres más suelta mañana, o por lo menos más despierta, me han mandado a visitarte y esperaba algo que me cuentes, esperaré a que el sol despunte y volveré aquí, avívate mujer, que pareces muerta ¿Y quién querría hablar con un muerto, Margot?

miércoles, 11 de marzo de 2009

Nadie me prometió un jardín de rosas

Sabía que al llegar al final tendría que volver sobre sus pasos, una y otra vez, arrastrando su frágil figura, sin vacilar ni un segundo para no distraerse de sus pensamientos.
Sabía también todo lo que había sufrido esa noche, lo que sufrió siempre y meditó largamente hasta hallar el epicentro mismo del gran embrollo, solo para darse cuenta que debía amarse más a si misma, sí, aunque en el momento le pareció una locura, “algo insano” como diría Freddy. Luego de muchos vaivenes encontró su eje, el mismo que tal vez no encontraba desde hacía ya la mitad de su corta vida, pero no por eso menos turbia. Exactamente, había encontrado la palabra, “turbia” y abrumadora también, demasiado pesada y caótica para una mujercita de su edad.
Sabía lo que era sentir el dolor en carne propia, sabía lo que era todavía sentirlo, sentirlo en el alma, tan adentro anclado en su corazón y en una de esas para siempre, lo tuvo tan presente cada día de su vida que no había manera de olvidarlo. Cada vez que lo recordaba pitaba mas fuerte su cigarrillo negro, y ya nada le bastaba.
Sabía lo ojerosa que estaba, sabía hace cuanto no comía, hace cuanto no dormía, hace cuanto no se sentía correspondida en su pasión, en su amor “algo insano”, pero su gran amor al fin, veía las marcas en su piel, las veía y ya no podía ignorarlas, las veía en su piel y las sentía mucho más profundas aún, las sentía a cada paso, en cada abrir y cerrar de ojos, en cada bostezo, en cada estornudo. Las sentía al despertarse y las llevaba consigo todo el día, de cada una de ellas sangrando un loco amor que nunca podría cicatrizar.
Sabía que nadie le prometió un jardín de rosas, pero esta vez lo que quería, lo deseaba con toda la furia que podría un ser humano desear, esta vez no iba a ser igual, esta vez su voz iba a resonar, esta vez merecía su jardín y no pensaba volver sin él. Fue entonces cuando se decidió a salir de allí, debía amarse más a si misma y no volver a permitir lo de aquella noche, lo de todas las noches, tenía que darle un fin a tanto dolor y sufrimiento.
Sabía muy bien que su llave todavía seguía con las suyas en el bolsillo de ese abrigo, entonces abrió la puerta de un golpe y corrió calle abajo por la desierta cuidad, nunca en años había estado tan decidida, mientras corría y se deslizaba por la lluvia las imágenes volvían para debilitarla, para hacerla caer, y esta vez era distinto, no se iba a dejar vencer tan fácilmente.
El frío le calaba los huesos, se metía entre cada hueco de su ropa y las gotas se fundían con sus lágrimas, pero la callecita parecía brillar, todo le parecía magnífico, o tal vez lo era y nunca se había detenido a observar la profundidad de la Buenos Aires misteriosa y sensual en una noche de lluvia, o estaba observando todo con otros ojos, que aunque eran los mismos estrenaban una nueva mirada, porque esos ojos iban a encontrar sus rosas.
Sabía que podía subir por la escalera, era la única manera para saborear esos instantes de convicción y sentir la delicia del momento, se sentía la reina del mundo, por fin él iba a conocer su dolor, y por fin estaba ahí, agitada, si, pero entera y dispuesta a obtener lo que le pertenecía, tamborileó los dedos sobre el picaporte, enderezó su espalda y se rascó la nariz antes de tomar la llave con fuerza y girarla hasta casi romperla, hasta que abrió. No se sentía con ganas de dilatar las cosas ni un solo segundo, cerró la maldita puerta con un golpe que debió haber sido más fuerte que cualquiera que haya recibido de su parte, entonces prendió un cigarrillo y avivó el fuego inhalando el humo gris, y largándolo al compás de cada paso y de cada pensamiento.
Sabía tan bien donde se encontraba cada objeto, cada cuadro, cada adorno, más iba a saber donde estaba el infeliz que había arruinado su vida. Se limitó a observarlo, y todavía con un dejo de amor lo durmió con un beso, y cada centímetro de su alma inmunda, ciega y apestada que no la merecía ardió, luego fue ella, se consumió sobre su propio dolor, contorneo su cuerpo al vaivén del calor, y aunque hubiera deseado dormir como él, ya nadie podía darle su beso. Aunque el dolor era evidente, sintió un gran alivio, ya casi no pesaba, ya casi no guardaba penas en su interior, casi no había frío, no sentía el hambre, y veía como se consumía cada gramo de la poca carne que le quedaba ya.
Sabía que esta era una de las mejores decisiones de su vida, la última y la más precisa, ella quería el jardín que nadie le había prometido, ella quería sus rosas, y Freddy también lo sabía.